Dice Joaquín V. González en Mis montañas, sobre la fiesta a finales del siglo XIX:
«Eligieron el más respetable de los indios convertidos, y lo cubrieron con la investidura regia de los Incas; diéronle el gobierno inmediato de todas las tribus sometidas y el carácter de gran sacerdote de la institución, como un trasunto del que revestía el Emperador del Cuzco.»

Doce ancianos llamados cofrades, forman el Concejo de aquella majestad extraña, como el Colegio de los Sacerdotes que asistía á los reyes del Perú. Viene en seguida la clase popular de los allis, ú hombres buenos, que son los que reconociendo la dignidad real del Inca y adictos á la festividad del Santo, dedícanse al culto y á la devoción del Niño Dios, erigido, según la tradición, en “Alcalde del Mundo”. Se le llama el Niño Alcalde, y San Nicolás es su lugarteniente en la tierra. (González, 1893, pp. 86-87)
Integrada por trece hombres, incluyendo al Inca, vieron su papel inclinado hacia la espiritualidad de la fiesta, ya que su principal ocupación era; y aún lo es, entonar una monótona canción, casi en forma permanente, al compás que marca una pequeña caja golpeada por el Inca y cuyas estrofas en lengua quechua, serían una especie de ceremonial o guion de la fiesta, con el que se expresarían peticiones, agradecimientos, loas y tribulaciones ante las imágenes.

Ya González hacía referencia a este carácter sacerdotal del Inca, cuando lo describe con aire de majestad, ejerciendo “su grave ministerio y sacerdocio; envuelto en una atmósfera de sueño y beatitud, con los ojos cerrados, como contemplando un mundo ideal” (1893, p.96). Como pontífice profano, camina bajo un arco a modo de baldaquino procesional, fabricado con una rama de “tala” “…forrado de tules de color abullonados y entrecruzados por cintas de las cuales penden las reliquias, como solían hacerlo en los tiempos antiguos el Inca verdadero y sus mujeres…” (1893, p. 96), que sostienen sobre su cabeza dos allis apóstoles, conocidos como arqueros, que bien podrían ser sus acólitos litúrgicos.
El Inca y sus doce allis apóstoles, adornados con extraños colgajos y pintura en el rostro, ejercerían sus cargos una vez al año durante la fiesta. Esta posibilidad de “libre” expresión dada a los indios; donde podrían danzar, cantar y vestirse como fuera su costumbre para la práctica de los ritos de la religión nativa, formarían parte del entramado seductor del festejo.

Caracterizados con atuendos alegóricos a su papel, los allis del siglo XIX, habrían abandonado las raras exhibiciones de objetos grotescos de las creencias primitivas, para lucir “… adornados con diademas ó huinchas de las cuales suspenden cintas de colores, y llevando pendiente del cuello, sobre el pecho, un colgajo en donde han colocado espejitos de varios tamaños, como queriendo significar que por allí se ve el corazón” (González, 1893, p. 92).

Estas vestimentas, confeccionadas con materiales modernos, expresarían, desde la decimonónica época hasta hoy, una forma de adherir a la festividad, con la fuerte convicción de que su uso, conllevaría algún tipo de primacía sobre el común de los asistentes, ya que los cofrades, siguen siendo entendidos como los principales entre los creyentes.
En la actualidad, la cofradía consta de veintiséis miembros, doce llevan el nombre de “Apóstoles” y doce el nombre de “Aspirantes”, bajo el mando del “Inca” y la colaboración de la “Mayordoma”, que a diferencia de la organización antigua, que constaba de catorce miembros, formada por el Inca, la mayordoma y “los 12”; como fueron conocidos los apóstoles, se agregaron 12 aspirantes que, cubrirían las vacantes dejadas por los apóstoles, luego de su muerte (Nieto, 2005).

Desde tiempos inmemorables, su estructura fue verticalista, y con un carácter vitalicio en el goce de las dignidades. Esta verticalidad, le dio un aire castrense, donde predominaba la antigüedad y jerarquía, sometiendo el más antiguo al más moderno, al yugo de su mando. Los cargos de apóstoles, al igual que el del Inca, son de carácter vitalicio y, para pasar de aspirante a apóstol, debe existir una vacante.
El Inca, solo puede ser sucedido por fallecimiento, por falta grave, desobediencia a los mandatos de la Iglesia Católica, o renuncia de éste, al verse imposibilitado de participar de las fiestas. El cargo es hereditario, pero en el caso de no existir heredero, el Inca será sucedido por el más antiguo de los apóstoles.

Antiguamente, además de Jefe, era considerado sacerdote durante el tiempo que la Iglesia se mantuvo alejada de las fiestas populares, ya que ocupar el rol de “director espiritual” de los feligreses más humildes de una sociedad castigada con austeridad y crueldad, marginados por su condición de aborígenes y la falta de cultura, que los llevó a confiar en un hombre, que a pesar de ser de su misma condición, se destacó quizás por su sabiduría, y lo que para ellos podría haber sido un ejemplo de moralidad, o talvez, simplemente por tratarse de un descendiente de los bravos caciques que alguna vez tuvieron; pero lo realmente importante es que a instancias de estos hombres, la tradición sobrevivió hasta nuestros días.

Por este motivo, trataremos de recopilar la mayor cantidad de datos, referida a todos aquellos que ostentaron la dignidad de Inca, a lo largo del tiempo. El registro más antiguo que podemos encontrar, es el que deja el Dr. Joaquín Víctor González, cuando escribió “Mis Montañas”, en el año 1893; sobre la Dinastía político-religiosa de la familia Nina, donde nos dice que el Inca por aquellos tiempos era Eustaquio Nina, y nos da a pensar, si se refiere a “dinastía”, que los anteriores monarcas fueron integrantes de la mencionada familia, y fueron pasándose el mando, en forma hereditaria (González, 1893).

Luego nos encontramos con la crónica escrita por el Pbro. Juan Carlos Vallejo, en 1931, que tituló “Las Fiestas de San Nicolás en La Rioja”.
Nos dice, que en aquel año se desempeñaba como Inca Luis Mercedes Romero, quien le cuenta que, antes que él, fueron Incas don Crescencio, quien según la hija de Romero, Robertina Romero, se apellidaría “Alcucero”, y fue quien lo nombró como su sucesor, y luego de su fallecimiento, no se hizo cargo de la dignidad, por cuestiones de humildad y por ser demasiado joven e inexperto para afrontar la responsabilidad, sucediéndolo en su lugar, Santos Luján, quien debió ausentarse de la provincia, y por ello, asumió Pascual Páez, para luego verse obligado a renunciar, por causas que no hemos podido establecer, en el año 1927, pasando el mando al Sr. Romero (Vera Vallejo, 1931).
“Don Luis”, como es recordado cariñosamente por los Aillis, habría nacido en el año 1893, e inició su caminar junto al Niño Alcalde, a los 14 años de edad; fue Inca durante 47 años, desde 1927, hasta el 8 de Diciembre de 1974; cuando enfermó de gravedad, cedió la dignidad a su sobrino, Pío Santos Luján.
Luis Mercedes Romero, falleció el 19 de Diciembre de 1974, a los 81 años de edad; e indudablemente, se convirtió en uno de los Incas más importantes de la era moderna, por sus enseñanzas, experiencia de vida y años de servicio a Dios y a la tradición riojana.
Pío Santos Luján, hijo del prenombrado Santos Luján, Inca antes que Luis Romero, nació en La Rioja, el 11 de Julio de 1911; ingreso a la Cofradía de Los Allis como Aspirante a Apóstol en 1928; a los 17 años de edad, y se desempeñó como Inca 17 años, desde el 8 de Diciembre de 1974, hasta el 5 de Diciembre de 1991, fecha en que nombra el que sería su sucesor, Juan Alcalde Carrizo, por encontrarse muy delicado de salud.
Pío, falleció el 28 de abril de 1997, a los 85 años de edad; para entrar en la historia, como un hombre bueno y honesto, que supo llevar adelante las costumbres, con el ejemplo y la palabra (Nieto, 2005).
Juan Alcalde Carrizo, nacido el 24 de junio de 1930, en la provincia de La Rioja, integró la Cofradía de los Allis, desde los 5 años de edad.
Fue nombrado Inca, el 5 de diciembre de 1991, por Pío Santos Luján; y ejerció el cargo por el lapso de 8 años, cuando afectado por una penosa enfermedad, se vio obligado a renunciar, nombrando como su legatario, al señor Francisco Herminio Dávila, el 12 de diciembre de 1999.
Carrizo, hombre de profunda fé, que supo dar a su gestión un carácter modernista e innovador, fue un ferviente devoto de San Francisco Solano (Nieto, 2005).
Francisco Herminio Dávila, nació en La Rioja, el 25 de abril de 1939; ingresó como Apóstol en la Cofradía de los Allis, a los 12 años de edad, cubriendo por decisión del entonces Inca Luis Romero, la vacante que dejara su hermano, Efraín Benigno Dávila, quien había resuelto ingresar a la Armada Argentina en 1951.
“El Tata”, como afectuosamente fue llamado, falleció el 1 de abril de 2022 y es recordado como el Inca que blandió su caja y guio el canto de sus allis en la Ciudad del Vaticano ante el papa Francisco en noviembre de 2017.
Fue sucedido por Genaro Francisco Guardia, el 7 de mayo de 2022 y es quien hoy conduce la Cofradía de los Allis.

Finalizamos este breve escrito, con la intención de constituirlo, en un pequeño aporte al entendimiento para este tiempo, de la fiesta del “Encuentro”. Solo así, tendrán verdadero sentido las palabras de Mons. Angelelli: No podemos comprender nuestra Historia Riojana, ni la vida cultural y religiosa de nuestro pueblo, si no la miramos desde el Tinkunaco. En él entendemos el alma riojana, sus aspiraciones, sus alegrías y frustraciones. Mirarlo o considerarlo como un simple rito religioso-folclórico, con su colorido, sus Aillis, sus Alféreces, sus promesantes, es no comprender todo lo que tiene de sabor humano, nuestro, riojano y cristiano. Negar esto, desconocerlo o menospreciarlo, es ser infiel a Dios, a nuestra propia identidad como pueblo. Es no haber comprendido como Dios, viene tejiendo su historia de liberación en nuestra propia historia. (Ortiz, 2003, p. 33)

«Solo así, tendrá verdadero sentido, el esfuerzo que hicieron y hacen los cofrades y promesantes por conservarla».
Fuente: Cristian Nieto.